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El profesor, que fue apartado de su cátedra en la Complutense en 1965 por apoyar las protestas de los estudiantes, falleció a los 86 años en Zamora

«Todo futuro es muerte», solía decir Agustín García Calvo. Ayer, el que fuera uno de los grandes filólogos españoles y ácrata convencido, a quien Franco expulsó de su cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, en 1965, por apoyar las protestas de los estudiantes, fallecía en el Hospital Virgen de la Concha de Zamora, su ciudad natal, a causa de una insuficiencia cardiaca. Tenía 86 años y una vida intensa cargada de actividad intelectual. Fue ensayista, poeta, dramaturgo, traductor, filósofo y, sobre todo, un gran latinista. Era también catedrático emérito de la Complutense, título que recibiría ya en la democracia.

Su rebeldía hacia la cultura y el poder oficial fue una de sus señas de identidad. Su compañera desde hace 36 años, Isabel Escudero, declaraba ayer que lo que más le consolaba en estos momentos era «la cantidad de jóvenes que ha dejado tras él y tras su pensamiento. Gente viva, del 15-M y no de la Cultura en mayúsculas, que siempre ha mirado para el otro lado».

Una de las debilidades de García Calvo eran las protestas de los jóvenes. Cada jueves, desde el nacimiento del movimiento del 15-M, acudía a las concentraciones en la madrileña Puerta del Sol. «El movimiento debe perder el miedo a acabar con la democracia», declaraba en LA NUEVA ESPAÑA el pasado año. Y añadía: «Lo más vivo y lo que más vale de esta rebelión de gente menos formada -llamarlos jóvenes me suena a fascista- es que los que empezaron con esto no sabían lo que hacían. Lo importante es que no estaban obedeciendo a planes previstos, sino que les venía de más abajo, provocado por un descontento contra el régimen del bienestar, el que nos ha tocado padecer en estos años».

Calificaba de «mera anécdota histórica que no cuenta para nada» su expulsión de la Universidad, junto a los también catedráticos José Luis López Aranguren y Tierno Galván. Pero no olvidaba el pronunciamiento de los estudiantes en 1965 en California, en Madrid, en Alemania y en Francia. «Lo recuerdo no como una historia, lo estoy recordando constantemente como algo vivo. Como un testimonio de que a pesar de toda la potencia, toda la imposición del aparato del poder, siempre queda algo que está vivo, que se remueve y que puede, ocasionalmente, levantarse contra ello».

Durante sus años de exilio, enseñó en la Universidad de Lille y en el Collége de France. En París fundó y coordinó una tertulia política y literaria en el café «La boule d’or», en el Barrio Latino. Ya en España, al final de la década de los ochenta del pasado siglo, trató de poner en marcha una Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del Lenguaje, un intento de conciliar disciplinas como la filología, las matemáticas y el teatro. Funcionó sólo unos años.

Obtuvo tres veces el Premio Nacional: de Ensayo por «Hablando de lo que habla. Estudios de lenguaje»; de Literatura Dramática y Traducción por «La baraja del rey don Pedro», y de Traducción por el conjunto de su obra. Es autor de una trilogía -«Del lenguaje», «De la construcción» y «Del aparato»- en la que desarrolló su teoría general sobre el lenguaje.

¿Por qué le interesa tanto el lenguaje?, le preguntaron en una ocasión. «Ahí es donde está la morada más visible de eso a lo que aludo como pueblo y que no es individuos ni conjunto de individuos. En la lengua de verdad, no en la escritura, no en la cultura, no hay quien mande, no hay amo que mande, no hay Dios que mande», respondió.

Era un hombre «atípico», «único» e «inconfundible», afirmó ayer desde Chile Fernando Savater, que fue alumnos suyo. «Su obra es muy singular, enormemente original e inconfundible», añadió en declaraciones a «Efe».

Fuente: http://www.lne.es/sociedad-cultura/…

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